Pia Cabral - El Ganso Negro Revista

Poesía, memoria y genealogía femenina en «Herencia» de Pía Cabral

La colección “Chinitas”, publicada por El Guadal Editora, viene delineando desde marzo de 2024 una suerte de cartografía poética de la escritura contemporánea de mujeres en Catamarca. Se trata de un proyecto editorial que, incluso en tiempos complejos para la edición independiente, supo poner en circulación una conversación entre autoras que escriben desde un territorio compartido, desde una memoria cultural común y desde una experiencia histórica que encuentra en la poesía una forma de creación y de resistencia. Escritura de mujeres que, en la mayoría de los casos, recordamos y revalorizamos a otras mujeres. No son solamente los nombres de las poetas los que toman protagonismo en esta colección; son también todas esas otras mujeres que recorren las páginas las que se entrelazan en un decir poético: las hilanderas, las mujeres de adobe, las tanagras, las copleras, las vidaleras, las abuelas y sus manos, como así también, el gran centro de toda existencia: la madre. 

En ese entramado de voces aparece Herencia de Pía Cabral. Y creo que justamente en el título de su libro se sintetiza una de las ideas de esta colección que nos hace preguntarnos, ¿qué nos llega de las chinitas anteriores y cómo lo volvemos palabra para las otras chinitas que vendrán? ¿Qué legamos de las abuelas, de las copleras, de las madres que habitan nuestros poemarios y cómo devolvemos esas presencias hechas versos para las otras poetas que llegan? La herencia sucede ahí, en ese ir y venir.

En conversación con El Ganso Negro, Pía reflexiona sobre el lugar que ocupa su poemario dentro de la colección “Chinitas” y sobre el momento actual de la poesía escrita por mujeres en Catamarca. La autora reconoce que la publicación del libro dentro de esa serie editorial tiene para ella un significado particular, ya que le permite inscribir su escritura dentro de una conversación más amplia entre autoras que comparten un mismo tiempo histórico y un mismo espacio cultural.

“Lo viví con mucha felicidad por saberme parte de un tiempo en el que la decisión de sacar nuestras voces es un acto político”, señala. Y agrega que “hay una pulsión creativa muy valiosa en cuanto a mi género y a la poesía en general en la región. Eso obedece a los movimientos feministas que cimentaron este tiempo y también a los movimientos poéticos actuales”.

La poeta catamarqueña subraya, además, el papel que han tenido las editoriales regionales en la consolidación de este proceso, ya que muchas de ellas han encontrado formas creativas de sostener la publicación de nuevas voces incluso en contextos económicos adversos. Ese trabajo editorial, sumado a la proliferación de espacios de lectura y de encuentro, ha contribuido a generar una escena literaria particularmente activa.

Por su parte, Herencia, es un poemario que funciona como un mapa íntimo de la pérdida, donde cada verso es un eje que nos conduce hacia un legado que abarca una transmisión generacional, la herencia emocional y esa extraña alquimia que transforma la ausencia en presencia perpetua. Organizado en cuatro secciones -Legado, La madre, La tierra y El origen- su disposición no responde a un criterio meramente formal sino a una lógica emocional que estructura el recorrido del poemario. A lo largo de esas secciones se despliega un movimiento que parte de la experiencia íntima del duelo para expandirse hacia una dimensión más amplia donde la memoria familiar se entrelaza con la memoria colectiva, donde el recuerdo personal encuentra resonancias en una historia más vasta de mujeres, de territorios y de vínculos con la tierra.

En el centro de ese andamio aparece la figura de la madre como algo más que un personaje biográfico. La madre es, en estos poemas, una forma de ordenar el mundo, un principio de realidad y también una gramática afectiva primaria a partir de la cual se aprende a nombrar. No se trata de una figura idealizada ni de una presencia estabilizada en el recuerdo; por el contrario, la voz poética la reconstruye a partir de fragmentos, de escenas domésticas, de gestos mínimos que sobreviven en la memoria incluso cuando el cuerpo ya no está. 

Uno de los poemas más intensos del libro, “Vigilia”, articula esa experiencia del duelo y de la espera frente a la muerte de la madre. Allí la voz poética establece una relación temporal que enlaza el nacimiento y la muerte en un mismo punto del calendario:

mi madre va a morir en agosto,
el mes de su nacimiento
es agosto y los ojos de mi madre son un río de
escaras y delirios

El mes se transforma en un anillo temporal que encierra una vida entera y que, al mismo tiempo, permite pensar la existencia en términos de circularidad. La escena que el poema construye no se limita a la descripción de una agonía, más bien se trata de una letanía en la que las palabras parecen seguir el ritmo entrecortado de la respiración y en la que la repetición sonora de ciertos términos como muerte, madre y mala, producen un efecto hipnótico, casi ritual, que convierte el texto en una suerte de oración pagana frente a lo inevitable.

A lo largo del libro se despliega, además, una temporalidad paradójica en la que la madre aparece simultáneamente antes y después de su propia muerte, en el silencio que la precede y en el que la sucede. Esa simultaneidad se vuelve especialmente visible en versos como los siguientes:

pensé que mi madre había muerto
pero la muerte era yo
en una foto
llena de fantasmas

Aquí se produce una alteración inquietante: quien está viva se descubre atravesada por la muerte, mientras que la madre parece persistir en una forma espectral de presencia que se filtra en los objetos, en los espacios domésticos, en la memoria misma del cuerpo. De esta manera, la herencia deja de ser simplemente aquello que se recibe de los muertos para convertirse también en el modo en que los vivos se adhieren a ellos, en la manera en que los recuerdos terminan configurando la propia identidad.

El espacio doméstico adquiere entonces una dimensión casi ritual. La casa aparece como un territorio donde se celebra una liturgia silenciosa de la memoria, donde cada gesto cotidiano puede convertirse en una forma de invocación. El recuerdo de la madre no se presenta como una imagen fija, sino como una presencia que se desplaza por los espacios familiares, que sigue habitando la casa en la repetición de los hábitos y de las escenas más simples. En ese sentido, uno de los pasajes más logrados del libro condensa esta persistencia espectral:

El espectro de mi madre camina de la cama al baño,
Obedece: recuerda historias familiares, cocina
torrejas.
Desde esta ventana veo a todas las madres que
fueron la mía.
Cuántas madres
pueden morir
en una sola

En estos versos la madre individual se multiplica hasta convertirse en una figura arquetípica, en una síntesis de todas las madres posibles. El duelo personal se expande así hacia una dimensión colectiva donde la pérdida de una madre dialoga con la pérdida de todas las otras, como si la experiencia íntima se integrara a una memoria compartida.

En Herencia, uno de los aspectos más interesantes es la forma en que la maternidad aparece atravesada por una doble perspectiva: la de la hija que recuerda a su madre y la de la madre que se pregunta qué transmite a su vez a las generaciones siguientes. Esta tensión entre lo recibido y lo transmitido constituye uno de los núcleos temáticos del libro, aunque la propia autora reconoce que esas continuidades no siempre resultan fáciles de identificar. Consultada sobre esto, Pía señala: “evidentemente no ha sido por generación espontánea, pero me cuesta identificar puntos de contacto entre el modo en el que ejercito mi maternidad y mi propia filiación”, y agrega: “seguramente existen más de los que puedo ver. Creo que Herencia es un libro que habla de los verdaderos legados y de la raigambre. Las raíces que pueden estar en la tierra o no”.

Por otra parte, la metáfora de la raíz, que aparece también en varios poemas del libro, permite pensar la herencia no como una transmisión lineal sino como una red de vínculos que se extiende en múltiples direcciones, donde la memoria familiar se mezcla con la memoria del territorio y con las historias colectivas que atraviesan a las comunidades.

Al referirse al presente de la literatura escrita por mujeres en la provincia, Cabral señala que existe actualmente una producción amplia y diversa, sostenida por la existencia de espacios donde la poesía puede circular y encontrar lectores.

“Afortunadamente hay una producción amplia, variada y sostenida en la época”, afirma. “Puede que exista un efecto contagio. Hay espacios para escuchar, escribir y decir poesía. Mientras se sostengan esos estímulos creo que hay esperanza de que la palabra poética, tan necesaria en cualquier tiempo, sobreviva”.

Esa supervivencia de la palabra parece ser también uno de los gestos fundamentales del poemario. En Herencia, la escritura se presenta como un modo de transformar la ausencia en presencia y el silencio en una forma de canto. El duelo por la madre se convierte así en el punto de partida de una exploración más amplia sobre la memoria, la genealogía femenina y la relación entre cuerpo, territorio y lenguaje.

Herencia es, finalmente, un poemario sobre la transmutación poética que trueca la ausencia en presencia, el silencio en canto, y la muerte de la madre en nacimiento de la propia voz. En estos versos encontramos la temporalidad paradójica que hace convivir pasado y presente, que convierte lo cotidiano en sagrado y que transforma el paisaje en extensión del cuerpo y el alma.

Ahora luzco mis venas como una revolución. / Como la única patria que me acepta. / Tengo las manos / abiertas de lluvia, dirá la poeta. Las venas, esos ríos internos que transportan la sangre heredada, se convierten en revolución, en territorio íntimo donde la herencia recibida es también un legado que se puede ofrecer. Porque la herencia, cuando es verdadera, no se guarda: se comparte.


Pía Cabral es poeta y periodista argentina, autora del libro de poesía Del pan y los peces (El suri porfiado, 2020), también disponible en versión sonora en Spotify. En narrativa integra la antología 21×21 Narrativa Catamarqueña Contemporánea, es coautora del libro Eva vestida de azul – Cuentos para construir infancias (ESI), y coautora del libro Relatos que rompieron el silencio, junto al colectivo de comunicadoras feministas Las Eulalias. Su poesía integra, además, la antología del Festival Internacional de Poesía de Salta edición 2024, y diversas publicaciones de poesía de la Argentina y Latinoamérica, como las prestigiosas revistas Palabras de Poeta y La Tribuna de Honduras, entre otras. Además, ha coordinado ciclos de poesía y talleres en Catamarca.


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